Daytona State College

Un Gran Detalle Olvidado - Yanina Brignoni (English Translation Below)

Mientras más apretaba él su paso, más se desplegaba la agonía en su semblante. El dolor le fruncía la piel agrietada de los pómulos y de la frente. Las lágrimas le brotaban mientras extendía dolorosamente sus labios resecos, dejando ver la costra amarillenta de su dentadura postiza. No obstante, Aníbal seguía pasando calle tras calle, buscando dónde esconderse sin ser rechazado.  

Una corriente carmesí y fina, casi imperceptible, brotaba del hueco más prominente de su zapato derecho.  La amplia abertura en el área de su dedo gordo, respiraba y exhalaba como un dragón echándole fuego a la punta del pie. Entonces, el latido de una llaga ensangrentada le lanzaba una punzada violenta hasta llegar a la médula de sus sentidos.  Junto al dolor intenso, el vaho cruel del pavimento le causaba un desmayo desconcertante. Sentía su cuerpo aletargarse en un infierno mojado.  Lágrimas y sudor eran la misma cosa: el efecto de un pánico incontenible.  

—¿Por qué me hacen correr esos chicos del demonio, justo cuando iba a buscar otro par de zapatos? —se preguntaba, murmurando.  

Por más que se lo cuestionaba, no hallaba razón alguna, pues no creía tener nada de su interés. Mientras, el escuálido hombre seguía huyendo.  En ese momento vio un callejón estrecho, poblado de artefactos oxidados y protegido por las sombras reflejadas desde el oeste. Creyó que ahí estaría seguro. Con la velocidad de una sacudida de rama de árbol en medio de un huracán, logró esconderse. Consumió en ese movimiento toda la energía que le quedaba en el cuerpo, ya de por sí quebrantado por el alcohol y el tabaco. 

En ese instante sólo su corazón tenía fuerzas, pues palpitaba con la potencia de una locomotora propulsada por energía eléctrica.  Su medio siglo, demacrado por la falta de salud, se hacía evidente en la pesadez excesiva de su respiración. Con cada exhalación se escuchaba un silbido de pulmón, tan apretado, que les daría pena a los tuberculosos de siglos pasados, en su lecho de muerte. Esa respiración lenta y congestionada, estimulaba más la salida de los chorros sudorosos que le brotaban de la frente. Ese sudor desenfrenado y la humedad del verano, le engomaban el nido revuelto y gris de la cabeza, cual si fuera escultura de cera.    

Al recuperar de golpe el aliento, permaneció silente. Sólo escuchaba los ruidos de la ciudad en la distancia.  Poco a poco también penetraban en su oído las voces estridentes de los muchachos que se acercaban.  Como un animal exhausto y descalabrado, esperaba desconcertado, perdido en el vórtice de su pensamiento.  Sintió que regresaba a la pesadilla de la guerra, que una y otra vez recreaba en su memoria. Así, entre sus alucinaciones de metralletas y misiles, se evaporaba su mente.  

—¡Ya se acerca el enemigo!  ¿Dónde habré puesto la granada? —decía entre dientes.  

Buscaba por los hilos colgantes de sus bolsillos fantasmas. Pero se le había hecho tarde. El bando contrario lo había acorralado. La presa había sido capturada y desmembrada a golpes. Manchados, corrían los jóvenes despavoridos, a perderse entre el secreto de una ciudad acostumbrada a ser cómplice de los crímenes olvidados.   

Mientras, el esquizofrénico indigente se ahogaba en el mar de su propia emanación de vida.  Como él, su dentadura maltrecha y amarillenta, yacía en medio de su torrente de coágulos, glóbulos, plasma y plaquetas.  Más tarde, cayó la noche como una bandera patria en su despedida. Después la luna… ¡ay, la luna! En la exhalación final de aquel héroe, ella fue la única mujer que le besó las mejillas. 

A Great Forgotten Detail - Yanina Brignoni

The more he quickened his pace, the more the agony unfolded in his countenance. Pain puckered at the cracked skin of his cheekbones and forehead. Tears welled up as he painfully spread his parched lips, revealing the yellowish crust of his false teeth. However, Hannibal kept going street after street, looking for a place to hide without being rejected. 

A thin, almost imperceptible crimson current gushed out of the most prominent hole in his right shoe. The wide opening breathed and exhaled like a dragon blazing his toes. Then, the throbbing of a bloody sore launched a violent stab reaching the marrow of his senses. Along with the intense pain, the cruel vapor of the pavement caused him a disconcerting faint. He felt his being fade into a wet hell. Tears and sweat were the same thing: the effect of uncontrollable panic. 

"Why are those devils making me run, just when I was looking for another pair of shoes?" He wondered, muttering. 

As much as he questioned it, he found no reason, since he did not think he had anything of interest to them. Meanwhile, the scrawny man continued to flee. At that moment he saw a narrow alley populated with rusty artifacts, protected by shadows cast from the west. He thought he would be safe there. With the speed of a tree branch shaking in the midst of a hurricane, he managed to hide. That movement consumed all energy left in a body already broken by alcohol and tobacco. 

At that moment, only his heart had strength thrumming with the power of a locomotive. His half century, gaunt from poor health, was evident in the heaviness of his gait. The wheezing of his lungs was so tight that it would even be of concern to the tuberculosis patients of centuries past. That slow, congested breathing propelled the excess of gushing sweat on his forehead. The unbridled perspiration and summer humidity gummed the gray and scrambled nest on his head, as if it were a wax sculpture. 

For a moment, he remained silent. He could only hear the sounds of the city in the distance. Little by little the shrill voices of the approaching boys penetrated his ear. Like an ancient hobbled animal, he waited, bewildered, lost in the vortex of his thought. He felt he was returning to the nightmare of a war he relived again and again in his memory. Thus, between his hallucinations of gunfire and napalm, his mind evaporated. 

"The enemy is coming! Where did I put my rifle?" He muttered. 

He looked through the tattered threads of his derelict pockets. But it was too late. Charlie had cornered him. The prey was beaten and tortured. Bloodstained, the delinquents ran terrified to hide themselves amongst the streets of a city accustomed to being accomplice to unsung crimes.  

Meanwhile, the destitute veteran sank into the sea of his forthcoming death. Like him, his battered and yellowed teeth lay in the midst of his torrent of clots, blood cells, plasma, and platelets. Later, night fell on him like a national flag to his farewell. Then the moon ... oh, the moon! On that hero's final breath, she was the only one who kissed his forehead.